Stand Alone Complex (IV)

lunes 27 de octubre de 2008




Lo cierto es que todo ocurrió muy deprisa, padre.


Lo recuerdo vivamente. ¿Cómo no hacerlo? Acababa de terminar la carrera y junto a unos amigos, organicé un viaje a Europa.

Francia, Inglaterra, España… Todavía puedo saborear el exquisito queso francés, la maravillosa cerveza de Londres y ese característico producto que en Madrid llaman ‘jamón’. De verdad padre, que fueron unas semanas maravillosas. Los estudios habían terminado por fin y ahora teníamos ante nosotros todo un abanico de posibilidades. Doctorados en Ingeniería Robótica… ¡El mundo entero nos solicitaba!

Y entonces todo cambió.

Todavía me emociono cuando lo recuerdo, no puedo evitar derramar una o dos lágrimas. ¿Recuerdas padre, cuando tú me contaste aquello de las Torres Gemelas? Estabas en casa, comiendo, eras aún muy joven, pero ya sabías que el mundo entero estaba cambiando en ese preciso instante. Y supiste tu destino.

Creo que a mí me pasó algo parecido.

Estábamos en algún bar de Madrid. Lo recuerdo bien por que la cerveza estaba helada y hacía un calor increíble, aun para ser noviembre. La edad de las estaciones ya terminó en el hemisferio norte. No hace falta padre, que te explique el carácter abierto y bullicioso de los españoles. Ese era el ambiente reinante aquella tarde. Por eso me sorprendió el silencio. De repente, todo enmudeció. Todo.

Las decenas de personas que nos encontrábamos allí adentro, en ese simpático bar castellano, nos volvimos al mismo tiempo y contemplamos, incrédulos, la escena que tenía lugar en la pantalla de televisión.

Primero fue en Nueva York. La imagen de la Torre de la Libertad despedazándose por la mitad jamás se borrará de mi mente. Mi generación jamás había vivido algo así.

Después, por supuesto, no tardaron en caer las demás capitales del globo. Y por supuesto, también Madrid.

Fue una rebelión de máquinas ha escala mundial. Con el paso de los meses, terminaríamos sabiendo que ya en los primeros años de la Edad Digital, los robots habían desarrollado su propia Inteligencia Artificial, muy al margen de la que nosotros habíamos planeado para ellos. Todavía no puedo creer que nos mantuvieran engañados durante todo este tiempo. Realmente me tomé la rebelión como algo personal. No podía aceptar que los seres sobre los que tanto sabía, me la hubieran jugado de esa manera. ¿Qué podía hacer?

Todas estas incisivas ideas me taladraron la mente durante los minutos que pasé rodeado del más absoluto de los silencios, contemplando. Ni tan siquiera el televisor tenía sonido. Todo me parecía un burdo teatro de marionetas. Irreal. Imaginario. Imposible. Podía sentir los gritos de terror de toda esa gente, corriendo por las calles, defendiéndose de sus propias creaciones a base de palos y piedras. Curioso.

Fuego y más fuego. Y sangre. Ellos parecían alimentarse de nuestra sangre. Con cada arteria rota, con cada cráneo machacado o yugular seccionada, atacaban con más ahínco. Especialmente desgarrador fue el testimonio de un profesor moscovita. Los robots habían entrado en su clase y desmembrado de la manera más eficiente a cada uno de los críos que allí se encontraban. Dicen que algo parecido ocurrió en la sala de prematuros de un hospital holandés.

Títeres carentes de alma moviéndose por impulsos matemáticos al ritmo de la fría lógica humana.

Y los títeres llegaron a nuestro encuentro.

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