Los primeros en morir fueron los desgraciados de la terraza. Los miembros cercenados volaron disparados hacía el fondo del bar, seguidos de una abominable estela de sangre. Todavía hoy me sorprende recordar que no hubo ni un solo grito, ni una súplica… Tocaba luchar por la supervivencia. Y eso hicimos.Los ‘partisanos’ que se encontraban más próximos a la entrada apenas tuvieron opciones. Mesas, sillas y cuchillos de cortar mantequilla fueron sus mejores bazas, pero la mecánica crudeza del enemigo no dio tregua alguna. Los huesos humanos se parten con cristalina facilidad ante un mazo de metal.
La sorpresa inicial cedió protagonismo a los aullidos de rabia de quienes nos encontrábamos aún con vida. Luché contra mis ganas de vomitar cuando fui consciente de que estaba moviéndome por encima de restos humanos. Un compañero no pudo aguantar la barbarie y, palideciendo, se entregó al vómito. Ese robot no tuvo mayor reparo en hundirle el cráneo. El siguiente era yo.
Esquivé como pude un par de acometidas, pero en el suelo había demasiados ‘restos’ y no tarde en resbalar, quedando completamente descubierto. El momento Hollywood llegó con la oportuna aparición del camarero. ¿Quién hubiera dicho minutos antes, que ese pacifico hombre era capaz de estrellar su caja registradora contra un robot? Me levanté lo más rápido que pude y, en un momento de prístina revelación, acerté a desgarrar una de las ‘arterias’ principales de estos engendros, situada justo en la base de la cintura y sin la cual todo su sistema de energía queda inutilizado.
Aquel gesto pareció envalentonar a los supervivientes y juntos conseguimos salir de aquel cementerio justo a tiempo para comprobar la realidad de la situación.
Escenas de guerra se reproducían en cada esquina de Madrid. Los pocos policías blandían sus porras al aire, en ausencia de un arma de verdad cuando una explosión en un rascacielos cercano sepultó con escombros una de las avenidas que confluían en la plaza en que me hallaba. Ellos eran muchos y, por desgracia, la mayoría vestían como humanos y tenían una configuración facial realmente conseguida. El enemigo era un camaleón que nos estaba arrinconando justo cuando comenzaron los primeros disparos. ¡El ejercito!
Militares vestidos de azul aparecieron en varios coches blindados y comenzaron a abrir fuego desde la torreta de su vehículo. Pero los muy hijos de puta no hicieron distinción entre humanos y máquinas. Bombas de gas urticante y munición pesada no se hicieron esperar. Aquello se convirtió en un infierno de azufre y sangre en el que no tardaría en morir.
¡Una alcantarilla! Aquella esfera metálica se me antojó la puerta del cielo. Como pude me precipité corriendo hacía ella cuando sentí como mi columna vertebral se partía en dos. CHASK. Un ruido sordo y un dolor eléctrico sirvieron de colchón para mi caída al suelo. Ahí abajo todo eran cuerpos inertes o masas balbuceantes de cables y venas. La impotencia me arrancó las primeras lágrimas cuando llegó el helicóptero. Eran tropas japonesas. En una rápida maniobra despernó de humo la zona y uno de mis compatriotas me dio la mano.
Entre toda la muerte que se arremolinaba a mi alrededor, entre la hedionda desolación y el impenetrable estruendo de la guerra, las palabras de ese hombre consiguieron llegarme al corazón.
-La humanidad te necesita. Volvemos a casa.
1 comentarios:
Está interesante y el siguiente? :)
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