Y por fin llegó la mañana en la bella República de los Cuentos. El Príncipe de Beckelar paró el despertador de un puntapié y, no sin esfuerzo, se levantó de una cama llena de trocitos de galleta. Sólo cuando se incorporó, fue consciente del reguero de botellas que había en el suelo y del intenso dolor de cabeza que le daba los buenos días.
Como cada día, Beckelar se preparó un buen café, de esos que dejan su esencia en la cocina hasta pasadas unas horas. Con desgana, el Príncipe abrió su portátil mientras buscaba ropa interior limpia en un cuarto regido por el caos de la noche anterior. Un cálido sonido indicó al joven que tenía correo. Seguramente sería alguna admiradora. ¡Que pesadas podían llegar a ser! pensó mientras apuraba el café.
Pero el Príncipe estaba equivocado. Era trabajo. Y un trabajo muy bien pagado. Recordando los excesos de seis meses atrás, Beckelar se dio cuenta de que pronto comenzaría a escasearle el dinero. Esos malditos Gnomos habían invertido buena parte de su oro en un fondo de inversiones a cargo de un tipo llamado Madoff…
Sin pensarlo dos veces, Beckelar cogió el móvil.
- Buenos días Azul, ¿Cómo vamos?
- ¡Hombre, Beckelar!
- Que te iba a comentar… ¿tú me puedes dejar la Excalibur esa?
- Pues llegas tarde, chico. Se la vendí al Arturo, que ahora trabaja de chulo para Merlín.
- ¡No jodas! Es que mi espada la dejé en casa de Cenicienta y ahora me da palo volver, después de todo el marrón.
- Claro… Menos mal que al final no estaba embarazada…
- Ya me veía yo con el crío de arriba para abajo, y como en el Reino ese tienen una política de antaño, lo del aborto ni de coña.
- Oye, ¿y para que quieres ahora una espada? ¿No estabas de año sabático?
- Otra princesita de las narices, que se ha quedado encerrada en no se que torre de mierda, y una constructora la quiere tirar para hacer un bloque de apartamentos. Pagan de puta madre y necesito el dinero.
- Lo normal.
- Pues eso, llegar, besarla, decirle el guión, y a comer perdices hasta la mañana siguiente.
- ¿Cuándo se pondrán ellas las pilas? Estoy cansado de ser yo el que de siempre el primer paso.
- Luego se quejan. Que sí tengo que besar ranas, que si mi madrastra me quiere matar… Bueno Azul, te dejo, a ver donde puedo encontrar una espada.
- Vete a pedir una a la Junta del Reino, que la consejería de Cuentos Clásicos estaba fomentando el uso de armas blancas para acabar con dragones. Igual te subvencionan una.
Como cada día, Beckelar se preparó un buen café, de esos que dejan su esencia en la cocina hasta pasadas unas horas. Con desgana, el Príncipe abrió su portátil mientras buscaba ropa interior limpia en un cuarto regido por el caos de la noche anterior. Un cálido sonido indicó al joven que tenía correo. Seguramente sería alguna admiradora. ¡Que pesadas podían llegar a ser! pensó mientras apuraba el café.
Pero el Príncipe estaba equivocado. Era trabajo. Y un trabajo muy bien pagado. Recordando los excesos de seis meses atrás, Beckelar se dio cuenta de que pronto comenzaría a escasearle el dinero. Esos malditos Gnomos habían invertido buena parte de su oro en un fondo de inversiones a cargo de un tipo llamado Madoff…
Sin pensarlo dos veces, Beckelar cogió el móvil.
- Buenos días Azul, ¿Cómo vamos?
- ¡Hombre, Beckelar!
- Que te iba a comentar… ¿tú me puedes dejar la Excalibur esa?
- Pues llegas tarde, chico. Se la vendí al Arturo, que ahora trabaja de chulo para Merlín.
- ¡No jodas! Es que mi espada la dejé en casa de Cenicienta y ahora me da palo volver, después de todo el marrón.
- Claro… Menos mal que al final no estaba embarazada…
- Ya me veía yo con el crío de arriba para abajo, y como en el Reino ese tienen una política de antaño, lo del aborto ni de coña.
- Oye, ¿y para que quieres ahora una espada? ¿No estabas de año sabático?
- Otra princesita de las narices, que se ha quedado encerrada en no se que torre de mierda, y una constructora la quiere tirar para hacer un bloque de apartamentos. Pagan de puta madre y necesito el dinero.
- Lo normal.
- Pues eso, llegar, besarla, decirle el guión, y a comer perdices hasta la mañana siguiente.
- ¿Cuándo se pondrán ellas las pilas? Estoy cansado de ser yo el que de siempre el primer paso.
- Luego se quejan. Que sí tengo que besar ranas, que si mi madrastra me quiere matar… Bueno Azul, te dejo, a ver donde puedo encontrar una espada.
- Vete a pedir una a la Junta del Reino, que la consejería de Cuentos Clásicos estaba fomentando el uso de armas blancas para acabar con dragones. Igual te subvencionan una.

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